Ainhoa Azurmendi(e)k 2009-Abztuak-31

El mundial de atletismo de Alemania, celebrado en Berlín del 15 al 23 de agosto, nos ha dejado muy buenos y muy malos momentos. Que le pregunten a Caster Semenya.
Esta atleta sudafricana de 18 años ha visto envenenado su triunfo en la final de 800 metros lisos por la solicitud, por parte de la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo, de una prueba de verificación de su sexo.
Es curioso ver cómo los medios de comunicación se “vuelcan” para convertir en noticia desgracias, escándalos y/o aspectos negativos de las vidas de las mujeres deportistas. Al igual que ocurrió con Marion Jones, probablemente mucha menos gente conocería a Caster Semenya si “simplemente” hubiera ganado la prueba. Sin embargo, considero que lo peor de todo es ver los comentarios que la gente realiza alegremente sobre la noticia: “la verdad muy femenina no es, pero ¿podéis decirme alguna deportista que sí lo sea?, porque aparte de algunas tenistas…”, “... su actitud chulesca recuerda muchísimo a uno de tanto hombre gallitos que hemos visto en atletismo” o “lo que habría que hacer es unificar las categorías masculina y femenina en una sola y se acaba el problema. Además, siendo una medida que avanza hacia la igualdad entre el hombre y la mujer, estaría avalada por todo el colectivo feminista”. Vamos, que ni sabemos de deporte ni de feminismo.
Podría entender que las dudas sobre el sexo de esta atleta surgieran porque ha rebajado notablemente su marca, o porque existan claros indicios biológicos u hormonales que generen sospechas, pero creo que no es apropiado sembrar la duda basándose en su apariencia física, en sus gestos corporales, o dicho de otro modo, en su “falta de feminidad”. Resulta agotadora la insistencia con la que la sociedad se esfuerza por clasificar el mundo en determinadas polaridades estancas que no dan lugar a una graduación; y cuando se acepta, el comportamiento debe corresponder al estereotipo del sexo en cuestión, es decir, sexo mujer igual a femenino y sexo hombre igual a masculino. Y todo lo que salga de la norma se convierte, automáticamente, en un síntoma. Eso, sin mencionar los problemas a los que se enfrentan las personas que nacen con un sexo biológico pero se sienten del sexo opuesto. La discrepancia entre el comportamiento esperado por parte de cada sexo se agudiza de tal forma en el ámbito deportivo, que muchísimas veces me pregunto por qué algunas deportistas sienten la necesidad de reafirmar su feminidad (o de no dejar lugar a dudas), compitiendo con los labios y uñas pintadas, maquilladas o con collares, pendientes, anillos y otros adornos que no son, precisamente, cómodos para hacer deporte.
El caso Semenya no es más que un ejemplo más de una sociedad que se resiste a flexibilizar sus ideas, abrir la mente y aceptar que existen diferentes formas de ser mujer u hombre. Y que aceptar eso es también tolerancia y respeto a la diversidad, una frase que pronunciamos mucho y muy alto, pero que nos aplicamos más bien poco.
En fin. Veremos cómo acaba todo este culebrón, pero de momento, ya han amargado la existencia a esta deportista y a toda su familia, que por cierto, ha tenido que manifestarse partida de nacimiento en mano.
Un último apunte: estaría bien que los medios de comunicación hiciesen un uso apropiado de la terminología, dado que, a pesar de que la traducción literal de gender testing es test de verificación de género, en castellano debería decirse test de verificación de sexo.
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