Gorka Leunda(e)k 2011-Urtarrilak-14

Llevaba un tiempo con ganas de escribir sobre el fútbol femenino y sus vicisitudes. La verdad es que un post no da para explayarse demasiado, y la realidad del fútbol femenino da como para una enciclopedia por fascículos. No obstante, trataré de aproximarme a su problemática en unas pocas líneas.
Lo que me ha animado a escribir sobre ello es la existencia de una propuesta de adhesión a una página de Facebook que circula por la red, en la que se piden firmas para que a las mujeres futbolistas se les permita ser profesionales. Al parecer, la RFEF, amparado en el reglamento, ha denegado la solicitud de licencia profesional a los clubes de fútbol femenino que lo han requerido. El argumento esgrimido es que la Primera División femenina no se considera una competición profesional y, por consiguiente, los clubes participantes no pueden inscribir deportistas con licencia profesional. La citada página, hasta la fecha, ha recabado más de 15.000 apoyos.
Desde luego, ya era hora de que el fútbol femenino comenzara a movilizarse; no tengo claro si lo han hecho en la mejor dirección, pero bienvenido sea si sirve para aglutinar y reforzar la conciencia colectiva del fútbol femenino. En mi opinión, la obtención de una licencia profesional no es más que la punta del iceberg o la manifestación puntual de un problema de mayor calado que afecta no sólo al estatus de las futbolistas de máximo nivel sino que es perjudicial para el desarrollo del fútbol femenino como modalidad deportiva.
¿Qué se puede esperar de organizaciones que están dirigidas por personas que creen que las mujeres no han nacido para jugar al fútbol? ¿Qué podemos esperar de personas que consideran que el fútbol femenino “ni es fútbol, ni es femenino”?
Pues bien, sustituyan la palabra “organizaciones” por “federaciones”, y “personas” por “dirigentes”, y hallarán la respuesta a la problemática del fútbol femenino. Tengo bastante claro que el fútbol femenino no ha avanzado como modalidad deportiva porque quienes han tenido la posibilidad, la competencia y la obligación de impulsarlo y promocionarlo no han creído en él. Por ello, celebro que el colectivo del fútbol femenino se haya unido y movilizado con el objetivo de mejorar su estatus. Pero creo, sinceramente, que para lograr ese objetivo no se debe perder ni un gramo de energía en pretender cambiar las anquilosadas estructuras federativas. Lo cual no quiere decir que no sea necesario; más bien todo lo contrario.
El fútbol femenino tiene entidad y volumen suficiente como para que se rija de forma autónoma, y se libere de las cadenas y el sometimiento que le han impedido crecer como modalidad deportiva. Si las estructuras vigentes no favorecen el crecimiento del fútbol femenino, no tratemos de cambiarlas –muchos lo intentaron y la mayoría perecieron en el intento-; huyamos de ellas. Busquemos nuevas fórmulas de funcionamiento y de organización, en el que dar respuesta a los problemas del fútbol femenino y de sus integrantes sea prioritario, su razón de ser, y no una cuestión secundaria a tratar en el apartado de ruegos y preguntas.
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