Ainhoa Azurmendi(e)k 2011-Urriak-17

El pasado 30 de septiembre asistí a una jornada organizada por Emakunde/Instituto Vasco de la Mujer sobre las mujeres en el deporte de alto nivel. Entre algunas de las reflexiones que me suscitaron las intervenciones de las ponentes, hay una cuestión que ronda mi mente últimamente, un tema un tanto escabroso en el ámbito de la igualdad; un debate que considero no se ha resuelto aún: las pruebas físicas que se exigen para hombres y para mujeres a la hora de incorporarse a determinados puestos de trabajo. ¿Acción positiva?, ¿Discriminación?
Una árbitra de fútbol internacional mencionó los obstáculos que percibe por ser mujer en las designaciones arbitrales para dirigir encuentros –que influye en la puntuación para ascender de categoría-, y manifestó que las pruebas físicas a las que deben someterse deberían ser diferentes para mujeres y hombres. Este debate es también habitual en las pruebas de acceso a cuerpos policiales y de bomberos y bomberas.
Bien. Creo que en estos momentos puedo posicionarme. Pienso que las pruebas deberían ser las mismas para mujeres y para hombres. Las mismas, siempre y cuando los requisitos se establecieran de una forma apropiada, valorando todas y cada una de las tareas que implica el desarrollo de la labor en cuestión. ¿Cuál es el problema? El rasero con el que se miden las necesidades de cada puesto a los que nos referimos, y el modelo que se utiliza actualmente para establecer las mismas. Por ejemplo, hay evidencias de que en el ámbito de la salud, sobre todo en laboratorio, se utilizan modelos masculinos para testar nuevos medicamentos, y posteriormente, cuando éstos salen al mercado, producen efectos negativos no previstos en las mujeres. En el caso de los cuerpos policiales, por ejemplo, imagino que aparte de tener fuerza y velocidad para reducir a delincuentes serán necesarias otras cualidades como la perspicacia, rapidez de reacción, dominio de nuevas tecnologías, habilidades manuales varias, capacidad intelectual para redactar e interpretar textos… Desconozco cuáles son las características específicas requeridas, aunque me atrevería a decir que un alto porcentaje de al menos, quienes están cerca de la edad de jubilarse, no cumplirían con los requisitos que en su día les fueron exigidos.
Centrando la reflexión en el ámbito deportivo, es evidente que siendo éste un ámbito tradicionalmente masculino, y sobre todo el mundo del fútbol, es lógico que las medidas establecidas hasta la actualidad se hayan basado en características masculinas. Sin embargo, creo que debería llevarse a cabo una medición exhaustiva –a través de vídeos y toda la tecnología punta necesaria con la que contamos actualmente- ,de la media de la velocidad de un árbitro o árbitra de máxima categoría en un partido de fútbol, incluidos los picos de máxima velocidad y los tiempos necesarios para recorrer distancias. Pero además de los aspectos físicos, el desarrollo de la labor arbitral requiere también cierta capacidad de atención y concentración, rapidez visual en la interpretación de movimientos, determinación en la aplicación de las reglas del juego, control del estrés, etc. ¿Cómo se valoran estos aspectos?, ¿Se evalúan una vez superadas las pruebas físicas?, ¿Se realiza un computo global de las capacidades de cada candidato/a?, ¿Cuál es el peso específico de cada una de las capacidades evaluadas para superar la prueba? He realizado una pequeña búsqueda en la red, y según el Reglamento General de la Federación Española de Fútbol “los árbitros deben superar las pruebas de aptitud técnicas, físicas y médicas que se determinen como necesarias para la función a desarrollar” (Artículo 168, apartado b), y de acuerdo a este reglamento se establecen las pruebas físicas y médicas a superar, así como las condiciones de pérdida de categoría y puesto, incluida la edad máxima para acceder y mantenerse en cada categoría (Artículo 175). No he encontrado ningún documento federativo acerca de la valoración de las aptitudes técnicas, aunque algunos autores diferencian entre otras, las aptitudes técnicas (conocimiento de las reglas del juego) y las físico psíquicas (incluida la percepción y la decisión). Existen también investigaciones que subrayan la importancia de desarrollar determinadas habilidades psicológicas que influyen en el rendimiento arbitral.
Detrás de toda esta reflexión se asienta otro debate: las razones por las que las mujeres no hemos desarrollado ciertas características físicas en la misma medida que los hombres a lo largo de la evolución debido a la distribución sexual de los roles sociales. Este es el principal argumento en el que se sustenta hoy en día la necesidad de establecer medidas de acción positiva –cuotas-; medidas de carácter temporal que dejan de aplicarse cuando se considera que las situaciones de desventaja iniciales se han superado. Llevando el ejemplo a una situación real, imaginemos que el Comité Técnico de Árbitros estatal establece una medida de acción positiva manteniendo los criterios de selección actuales, para permitir el acceso de dos mujeres por promoción, aún en condiciones físicas inferiores al umbral establecido. ¿Cuánto disminuiría el nivel del equipo arbitral?, ¿Cuántos errores más se cometerían por falta de velocidad en un sprint?, en un visionado posterior del partido, ¿cuántas interpretaciones erróneas del reglamento se producirían?. ¿Se trataría realmente de una cuestión física o habría otros aspectos de carácter psicológico que influirían también en el rendimiento arbitral? Claro, aquí también deberíamos tener en cuenta si se trata del árbitro principal o de los asistentes… ¿Alguien se ha ocupado de pensar en ello? También podríamos llevar la reflexión al terreno económico… ¿influiría en las audiencias televisivas?; y al terreno de la psicología: ¿cómo actuarían los jugadores?, ¿habría más faltas de respeto, y en consecuencia, más tarjetas? Sinceramente creo que en este tema los miedos futuros no deben gobernar las decisiones actuales, porque dado el caso ya se analizarían los pormenores de las actuaciones arbitrales.
De todos modos, creo que el problema de que no haya más mujeres arbitrando no se debe tanto a las pruebas físicas como a la falta de modelos, a las resistencias de un mundo masculino para normalizar ciertas situaciones, a los comentarios desafortunados constantes, a las discriminaciones en las designaciones arbitrales, y al cuestionamiento constante de las capacidades de las mujeres para afrontar ciertas situaciones. Y lo peor de todo es que las mujeres que inician ese camino bien interiorizan esa “incapacidad” y abandonan, o bien tiran la toalla por desidia, soledad y frustración, y dedican su tiempo a otras cosas.
Post hau Emakumea eta kirola barruan kokaturik dago.